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  • Mony Urdapilleta

Carta: Querida Madre / Querida Hija

Érase una vez una mujer que se convirtió en mamá. Desde que supo que había un bebé dentro de ella, su corazón se llenó de todo tipo de emociones.

Se imaginaba cómo sería el rostro de su pequeño, y mes con mes se preguntaba cómo sería su vida cuando por fin se presentaran rostro a rostro.

En un momento del embarazo escuchó la frase: “es una niña” y su corazón se agitó. Empezaba entonces la aventura de criar a una nueva mujer que habitaría este mundo. Por fin llegó el día de conocerla, y al tenerla entre sus brazos se hizo la pregunta más difícil de contestar: ¿y ahora qué hago?

Cuando las madres recibimos en nuestras vidas a nuestros hijos, lo único que deseamos es que sean felices y no sufran, por eso tomamos tantas decisiones que desde nuestro parecer son lo mejor para nuestros hijos.

Cuando las mujeres nos convertimos en madres quisiéramos ser tan perfectas para no lastimar a nuestras pequeñas. Y la realidad es que tenemos tantas carencias, tanta inseguridad, tantos dolores acumulados… que cuando menos acordamos nuestro dolor se transforma en enojo, desesperación y alguno que otro grito.

Querida hija, yo también soy una persona y mi corazón también siente.

Soy una mujer en constante construcción y a veces no sé cómo enfrentar la vida.

Soy también hija, y tengo heridas que pocas veces sé cómo sanar ya que su origen tuvo que ver con mis propios padres. Finalmente, también tengo una relación con tu padre, la cual muchas veces no es tan sencilla de llevar ya que muchas de mis heridas como niña no me permiten acercarme a él como a mí me hubiera gustado.

Como verás, mi querida hija, no soy solamente una mamá que no te da permisos o que te pide que arregles tu cuarto. Soy una mujer que siente, y que todavía se muere de miedo de no saber cómo hacerle para que seas una mujer mucho más libre, fuerte y feliz de lo que yo pude ser. Cuando la niña nació vio entre tinieblas el rostro de su madre. Tenía tanto miedo de no saber cómo vivir, ya que su seguridad dentro del vientre había terminado. Lo único que le daba esperanza era saber que Dios la había colocado en los brazos perfectos que la ayudarían a conocerse y después a conocer el mundo.

Pasaron los días, los meses y los años y la pequeña supo que algo raro pasaba. ¿Dónde había quedado la promesa de esos brazos perfectos? ¿Por qué aquella mirada de tanto amor se transformaba? ¿Por qué la paciencia se agotaba? Y fue entonces que la niña se hizo la pregunta más difícil de contestar: ¿Qué tengo que hacer para que mi mamá sea feliz?

Cuando las hijas nacemos, lo que más deseamos en el mundo es que nuestras madres sean felices. Sin embargo no sabemos que su felicidad no depende de nosotras, sino de muchas situaciones que han ocurrido en su vida. Y aun cuando sabemos que nuestro buen comportamiento ayuda a que nuestras madres estén más tranquilas, la realidad es que para crecer en aprendizaje y fortaleza, nos toca retar, cuestionar y provocar que nuestras madres nos muestren que sus brazos sí son perfectos, al transmitirnos la seguridad de que siempre serán más grandes, más sabias y más fuertes que nosotras. Querida mamá, lo que más anhelo en mi vida es verte libre, fuerte y feliz, ya que eso me dará la pauta de que yo también podré serlo. Soy una adolescente que todavía ser muere de miedo porque no sé cómo sentirme valiosa, segura y capaz de poder sobrevivir en este mundo. Te peleo porque necesito conocer contigo mi propia fuerza.


Te cuestiono porque tengo mis propias ideas y necesito saber cómo sobrevivir en el mundo que a mí me tocó vivir. Sólo te pido que cuando me veas muy engrandecida, me recuerdes que aunque crea que yo lo sé todo, tu eres la grande y yo la pequeña.

Te pido mamá que me guíes como alguien más sabio que yo. No necesito una amiga, necesito una mamá. Necesito sanar las heridas que sin querer causaste en mi corazón para entonces poder ser una mujer más completa, una pareja más estable y una madre que tome a su favor y el de sus hijos,

todo lo vivido entre tú y yo.


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